32 años | Perú
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Mi abuelo y yo teníamos un árbol de mango. Él decía que el secreto para los más dulces era contarle chismes a las raíces. "Ellas escuchan y se alegran", afirmaba. Cuando él murió, el árbol dio frutos amargos por dos años. Ayer, mi hijo de cinco años abrazó el tronco y susurró: "Abuelo, mamá rompió el florero y dijo que fue el gato". Hoy, al recoger un mango, probé su pulpa. Estaba dulce como un recuerdo.

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