29 años | México
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Confieso que durante meses llamé a mi mamá todos los días a las seis de la tarde. No para contarle nada importante, solo para escucharla decir “ya llegué”. Un día no contestó. Me asusté, pero a los minutos me devolvió la llamada riéndose: se le había acabado la batería. Ese día entendí que esas llamadas tontas eran nuestro ritual, nuestro “todo está bien”. Hoy seguimos haciéndolo, aunque estemos ocupados.

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