32 años | Argentina
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Todos los domingos mi vieja y yo nos sentábamos en la misma banca del parque a tomar mate. Ella hablaba, yo escuchaba. Cuando falleció, dejé de ir. Años después llevé a mi hija por primera vez y, sin pensarlo, me senté ahí. Mi nena me dijo: “Papá, este lugar se siente tranquilo”. Sonreí. La banca seguía siendo la misma.

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