36 años
| México
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Mi abuelo no sabía usar celular, pero me silbaba siempre igual para que saliera. Cuando murió, la casa quedó en silencio. Meses después, un día cualquiera, escuché ese silbido en la calle. Salí corriendo con el corazón a mil… era un señor que pasaba vendiendo camotes. Me quedé ahí, llorando y riendo al mismo tiempo.
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